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CUANDO EXPLOTARSE A UNO MISMO EN EL TRABAJO LO LLAMAN REALIZARSE

"Ahora la gente se explota a sí misma en el trabajo pensando que se está realizando en la vida."
Byung-Chul Han

El filósofo Byung-Chul Han resume en esta frase algo que muchos ya intuíamos pero que pocas veces no detenemos a mirar de frente y reflexionar.

Vivimos en una época en la que el cansancio yas no viene impuesto desde fuera. No hace falta tener un jefe autoritario y explotador ni trabajar en una fábrica del siglo XIX para terminar la jornada laboral exhaustos. Hoy el mecanismo del cansancio es mucho más simple: somos nosotros mismos quienes pisamos el acelerador.

Y lo peor es que todos lo hacemos convencidos de que vamos por buen camino.

El nuevo tipo de trabajador: entusiasta, disponible y siempre ocupado

Durante mucho tiempo la explotación ha tenido una cara bastante concreta y clara: jornadas interminables, salarios injustos, estructuras rígidas de poder. Raro será que alguno de nosotros no se haya encontrado con esto alguna vez en su vida laboral. El problema era visible.

Lo que describe Byung-Chul Han, sin empargo, es algo distinto: un modelo donde la presión ya no viene solo desde arriba, sino también desde dentro.

Hoy esperamos que el trabajo sea muchas cosas a la vez:

  • Fuente de identidad,
  • camino de realización personal,
  • espacio de crecimiento,
  • demostración constante de talento y,
  • si es posible, también, una pasión.

Sobre el papel suena bastante inspirador, ¿verdad? En la práctica, en cambio, se genera una trampa despiadada: cuando el trabajo se convierte en el centro absoluto de la identidad, cualquier límite empieza a sentirse como un fracaso personal.

Trabajar más deja de parecer explotación y empieza a parecer compromiso.

Ojo con esto..

"El problema no es solo trabajar demasiado, sino vivir con la sensación de que nunca es suficiente."

Cuando el entusiasmo sustituye a los límites

La cultura contemporánea premia la hiperactividad. Estar siempre ocupado se ha convertido en una señal de valor.

La agenda llena transmite prestigio. El descanso genera incomodidad. La pausa se interpreta casi como pereza.

En ese contexto aparecen mensajes que todos hemos escuchado mil veces:

“Si haces lo que te gusta, no trabajarás nunca más.”

“El éxito es cuestión de actitud.”

“Quien quiere, puede.”

Son frases seductoras porque prometen control sobre la propia vida. Pero también simplifican demasiado la realidad.

No todo depende del esfuerzo individual, ni tampoco todo se resuelve con motivación.
Y no todo proyecto profesional puede sostenerse sin costes emocionales.

Cuando estas ideas se convierten en mandato cultural, muchas personas empiezan a exigirse niveles de productividad imposibles de mantener durante años.

La autoexigencia como motor y como desgaste

Sin duda, hay algo admirable en querer hacer bien el propio trabajo. El problema surge cuando la exigencia se vuelve permanente y no hay espacio real para detenerse.

Las señales suelen aparecer poco a poco:

  • dificultad para desconectar,
  • sensación constante de ir tarde a todo,
  • sentimiento de culpa por descansar,
  • incapacidad para disfrutar de los logros

No siempre el cansancio está generado por jornadas laborales interminables. A veces, viene de otro lugar: de la presión interna por estar siempre mejorando, produciendo, optimizando.

Es un cansancio que no se alivia ni tomándose una tarde libre.

“Cuando la identidad se apoya únicamente en el rendimiento, el descanso empieza a parecer un error.

El mito de la realización permanente

Otro elemento importante en esta ecuación es la idea de que el trabajo debe proporcionarlo todo: sentido, propósito, identidad y satisfacción.

¡Pero esa expectativa es enorme!

El trabajo puede ser importante, interesante, incluso apasionante en algunos momentos. Aun así, pedirle que resuelva toda la dimensión existencial de una persona es cargarlo con una responsabilidad desproporcionada.

Las vidas humanas son más amplias que cualquier proyecto profesional.

Hay relaciones, silencios, curiosidad, ocio, aprendizaje, contemplación, tiempo perdido, aburrimiento… Todo aquello que no produce rendimiento inmediato pero que sí construye vida.

Reducir la existencia a la simple relación trabajo–rendimiento termina empobreciendo el resto de la experiencia humana.

Cuando el peso de sostenerlo todo recae sobre las mujeres

Esta lógica de rendimiento permanente afecta a muchas personas, pero en la vida de muchas mujeres adquiere una intensidad particular.

Porque el trabajo no suele ser el único frente.

A la jornada profesional se suman otras responsabilidades que rara vez aparecen en los currículums: cuidar, organizar, administrar el hogar, sostener emocionalmente a los demás, anticipar necesidades, mantener la vida cotidiana funcionando.

Son tareas invisibles, pero imprescindibles.

En muchos casos, el día para ellas termina habiendo respondido a las demandas de todos menos a las propias.

No es extraño que muchas mujeres vivan instaladas en una sensación de carrera continua: trabajo, familia, responsabilidades, compromisos… todo encadenado sin apenas espacios de silencio o descanso real.

Y cuando aparece la posibilidad de parar, surge algo todavía más complejo: la culpa.

Culpa por no estar produciendo.
Culpa por no estar disponibles.
Culpa por no estar llegando a todo.

La paradoja es evidente: mientras se intenta sostener tantas cosas a la vez, la propia vida queda muchas veces relegada a un segundo plano.

La pregunta entonces deja de ser solo laboral, y pasa a ser profundamente vital:

¿En qué momento el esfuerzo por responder a todo empieza a dejar fuera a la propia persona?

“La cultura del 'puedo con todo' ha convertido el cansancio en una condición silenciosa de la vida adulta.

Aprender a soltar

Curiosamente, esta misma tensión aparece también en algunas historias recientes del cine. 

Ayer vi la película sueca Aprender a soltar en Netflix y me llamó la atención hasta qué punto retrata algo muy cercano a esta reflexión. 

La historia gira en torno a una madre exhausta que intenta mantener unida a su familia mientras gestiona las exigencias de la vida cotidiana, en un momento en el que todo parece estar a punto de desbordarse. No es una película grandilocuente ni llena de grandes discursos, pero muestra con bastante honestidad esa sensación de muchas mujeres que viven intentando sostenerlo todo mientras, en algún lugar silencioso de su interior, empieza a surgir la pregunta de cuánto peso es posible seguir cargando.

Historias como la de Aprender a soltar muestran con mucha claridad algo que Byung-Chul Han lleva años señalando:

"El cansancio contemporáneo no siempre nace de la imposición, sino de esa presión silenciosa por seguir sosteniéndolo todo incluso cuando la vida ya está pidiendo una pausa."

Aprender a soltar, película sueca que puedes encontrar en Netflix

La Sociedad del Cansancio de Byung-Chul Han

Estas ideas de las que te hablo en esta entrada, aparecen desarrolladas con mayor profundidad en el ensayo La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han, el filósofo y autor del que te hablo. 

En su libro, el autor analiza cómo la sociedad actual ha pasado de la disciplina externa a una forma de autoexigencia permanente en la que cada individuo se convierte, al mismo tiempo, en jefe y en explotado. 

No es casualidad que su pensamiento haya tenido tanta repercusión: en 2025 fue reconocido con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades precisamente por su capacidad para interpretar críticamente los desafíos de la sociedad tecnológica y del modelo neoliberal actual. 

Si te interesa profundizar en estas ideas, puedes conocer el libro aquí.

Al final, historias como la de Aprender a soltar nos recuerdan lo que Byung-Chul Han ha descrito con tanta lucidez: muchas mujeres no son solo explotadas desde fuera, sino también desde dentro, cargando con la exigencia de sostenerlo todo, creyendo que rendirse sería un fracaso, cuando, a veces, soltar es la forma más valiente de vivir y de volver a encontrarse consigo mismas.

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